Un día trágico.
Le ví lentarse, andar y encender su lámpara dorada.
Su fuego radiante, penetraba hasta el alma de un ciego.
Un escenario perfecto:todo un mundo bajo sus pies.
El susurro de los árboles, el relajante sonido de las aguas,
la suave voz del viento y las cálidas melodías de los pájaros.
El cielo, opacado ante su imponente presencia ,
no tuvo otra opción que abrir la puerta del horizonte.
Le ví elevarse a los más altos del firmamento.Meditaba,
pero su decisión de precipitarse al vacío era irrevocable.
Creía que ejercía libremente su libre albedrío, pero
el juez Destino ya había dictado sentencia antes del juicio.
Saltó, sin previo aviso, y como una lluvia de miel,
le veía descender lenta pero inexorablemente...
Corrí con todas mis piernas para ayudarle,
pero ya era demasiado tarde.Le extendí todas mis manos
para evitar que se sumergiera en el horizonte.
Ninguno de mis ojos fueron capaces de verle morir.
Descender al oscuro inframundo e iluminar a los demás
fué su última voluntad, o quizás la primera. No lo sé.
En su honor, todos nos vestimos de luto. Un manto de nubes
oscuras vestían el cielo... quisieron llover y así llenar
las aguas de lágrimas. Poco a poco, uno a uno cerramos los ojos
y le dedicamos nuestro particular tributo en un sueño de silencio,
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