La sombra indomable
La sombra indomable
Siempre que se cuenta una historia se habla de un viejo, de un niño o de sí, pero mi historia es distinta... pues no soy un hombre común. Me llamo Enriquillo, exactamente cacique Enriquillo. El tiempo ha tallado mi nombre en las piedras de una isla bañada por el mar Caribe, una isla que arde con la misma furia con la que arde la memoria.
Ciertamente, la historia del mundo se
escribe con los nombres de reyes y conquistadores: Alejandro Magno, Julio
César, Augusto o Napoleón. Pero también entran en las páginas de la historia
quienes se rebelaron y se sacrificaron por su pueblo. Pero yo, nacido en la
entraña de La Española, supe desde joven que hay nombres pequeños que resisten
al olvido, no por las coronas que ciñen, sino por las cadenas que rompen,
líderes como Viriato, héroe de la resistencia frente a la conquista romana en
Hispania o Leonidas I de Esparta y su legendaria resistencia en las Termópilas
con solo 300 guerreros.
Fui niño entre cantos y selvas, bajo el
amparo de dioses que hablaban con voz de río y raíces. Pero también fui testigo
de cómo el mundo se dividía en dos: la paz de los míos fue desgarrada por la
ambición de hombres procedentes de otros cielos, otros mares y otras tierras,
cubiertos de hierro y codicia. Nos llamaron salvajes, nos robaron la tierra, la
lengua, el pan y la noche. No pudieron arrebatarnos el alma.
No elegí ser líder, pero la herida me hizo
palabra y la injusticia, lanza. Reuní a los míos, hermanos de sangre y de
sombras, y ascendimos a las montañas como quien asciende al corazón de la
tierra. Allí, donde el silencio respira hondo y los árboles ocultan secretos,
plantamos el refugio de los libres. La selva nos conocía como hijos, y en su
abrazo tejimos la resistencia.
Éramos pocos. Pero conocíamos cada piedra
como se conoce una cicatriz. La guerra no fue solo de armas, sino de paciencia,
de astucia, de fe. Peleamos por el recuerdo de lo que fuimos y por el sueño de
lo que aún podíamos ser. La muerte rondaba cada noche, pero no nos vencía:
porque quien ha perdido todo, ya no teme al abismo.
Mi historia no tiene palacios ni
monumentos. Pero cada arroyo que susurra en esta isla, cada anciano que
recuerda, cada niño que pregunta, lleva un fragmento de mi nombre. Resistimos.
Y resistir fue también vencer.
Cuando los invasores entendieron que su
fuerza no podía doblegar nuestro espíritu, se sentaron a negociar. Recuperamos
tierra, dignidad y palabra. No fue victoria plena, pero sí justicia parcial,
que a veces es el único triunfo posible.
Hoy, desde la distancia que da la
eternidad, no me enorgullece haber sido leyenda, sino haber sido fiel. Fiel a
mi pueblo, a la libertad, a esa voz interior que me decía: "Vivir de
rodillas no es vivir". Si algo he dejado en este mundo, es una lección
sencilla: la historia también la escriben los que se niegan a ser borrados.
Entrada en el blog de
https://trabalibros.com/textos-libres/i/33922/67/la-sombra-indomable
Dayhanne José Ureña Peralta
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