El vuelo de Ícaro
Nadie recordaba su verdadero nombre. Lo llamaban Ícaro no por un parecido físico ni por algún capricho mitológico, sino por esa tendencia inevitable a despegarse del suelo, a vivir fuera de los márgenes, a desafiar el equilibrio como si el vértigo fuera la única forma de respirar. Ícaro no tenía alas —o tal vez sí, pero hechas de sustancias, de promesas rotas, de cuerpos fugaces y de la música estrepitosa de las madrugadas que no terminaban nunca—. Su vuelo era otra cosa: una búsqueda desesperada de altura en medio del desencanto, una forma de desafiar la gravedad emocional de una ciudad que no perdona la fragilidad.
Creció entre ausencias. La madre, agotada, repetía consejos heredados como letanías vacías; el padre fue una silueta borrada por el paso del tiempo, o por la indiferencia. A Ícaro no le enseñaron a caer, solo a resistir, a producir, a parecer entero. Desde muy temprano aprendió que el dolor no se nombra y que llorar es un lujo que se entierra con los dientes apretados. Así que voló. Lo hizo como supo, como pudo. Primero con pequeñas rebeliones, luego con excesos que le prometían lo que la realidad le negaba: sentido, pertenencia, olvido. Su vida se volvió un ascenso constante, acelerado, errático. Cada noche era un despegue y cada amanecer, una caída que nadie quería ver.
Los que lo rodeaban lo admiraban de lejos. Lo querían porque brillaba, porque su tristeza era hermosa y porque su intensidad contagiaba el aire. Pero nadie supo quedarse. Era incómodo amar a alguien que vivía al borde, que nunca pedía ayuda, que respondía a la ternura con una sonrisa dolida o una broma cínica. Ícaro reía fuerte y abrazaba con torpeza, como si siempre estuviera a punto de decir adiós. A veces desaparecía por días, encerrado en habitaciones que olían a humo, a sexo sin alma, a soledad vestida de fiesta. Volvía con la mirada más pesada y las alas más frágiles.
Sabía que iba a caer. No era ingenuo. Conocía el mito. Había leído sobre el sol, sobre la cera que se derrite, sobre los hombres que vuelan demasiado alto por querer escapar. Pero no le importaba. Para él, el problema no era la caída. Era no haber volado.
Cuando sucedió —porque siempre sucede—, no hubo grandes fuegos artificiales ni lágrimas televisadas. Una azotea cualquiera, una noche como tantas, un cuerpo que ya no aguantaba el peso del vacío. Algunos dicen que saltó. Otros, que simplemente dejó de sostenerse. Lo encontraron solo, como vivió gran parte de su vuelo. Hubo notas breves, publicaciones nostálgicas, homenajes superficiales. Después, el olvido.
Pero Ícaro no desapareció. Vive, todavía, en cada muchacho que mira el cielo con rabia, en cada mujer que busca algo más que sobrevivir, en cada alma que prefiere arder antes que apagarse lentamente. Está en el eco de las fiestas que terminan con un silencio denso, en los ojos rojos de quien no duerme, en las manos temblorosas de quien ama demasiado.
Y aunque nadie lo diga, aunque la ciudad siga su curso sin inmutarse, hay noches en que se siente su sombra, cruzando los tejados, buscando aún un cielo que no lo consuma.
Porque hay quienes nacen para volar. Y algunos, como Ícaro, lo hacen sabiendo que no hay regreso.
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