Axel y la urna de Pandora
En el siglo de la última fatiga,
cuando los hombres ya no sabían si caminaban hacia el fin o si ya lo habían
alcanzado sin saberlo, nació Axel: criatura más hecha de duda que de carne,
forjado no por los dioses sino por el peso invisible de los siglos. Su rostro
era joven, pero su alma arrastraba las arrugas de todos los que habían vivido
antes que él.
Desde niño se le enseñó que el
mundo tenía forma y fondo, que la historia era una escalera hacia algo, y que
la esperanza era la cuerda que unía a los mortales con las estrellas. Pero Axel
no creyó. Veía en la esperanza no un hilo, sino una soga. No un vínculo con lo
alto, sino una trampa que impedía el salto al abismo necesario.
Su abuelo, un anciano de voz
gastada por el humo del tiempo, le hablaba de los dioses antiguos. De Zeus y su
justicia caprichosa, de Prometeo encadenado por dar fuego a los hombres —el
fuego, Axel pensaba, no como calor, sino como conciencia. De Sísifo y su piedra
que subía y caía, y volvía a subir, como la ilusión que el hombre empuja sin
saber que ya está muerta. De Ícaro, hijo de la desmesura, que quiso volar alto
y fue castigado por soñar en dirección al Sol.
Pero de todos los relatos, había
uno que su abuelo murmuraba con temor y devoción: el de Pandora. No como mujer,
sino como destino. No como mito, sino como advertencia.
—La primera —decía el anciano—. No
la primera mujer, sino la primera pregunta. Fue hecha con dones de los dioses,
pero vacía por dentro. Como el mundo. Como nosotros.
Y entonces Axel supo que esa caja
—o urna, o cofre, o abismo con forma de artefacto— no era algo perdido en la
historia, sino algo que se hereda, que se aloja en el pecho de cada criatura
pensante.
Una tarde sin fecha, mientras el
cielo parecía haber olvidado su azul y la tierra olía a nada, Axel descendió a
un claro del bosque donde el tiempo parecía haberse detenido a llorar. Allí,
medio cubierta por la maleza, encontró una urna: pesada como un recuerdo que se
niega al olvido, sellada por la herrumbre de los siglos, tallada con signos que
parecían gritar en silencio.
No supo por qué, pero la reconoció.
No como una reliquia, sino como un espejo.
Al tocarla, se le agolparon dentro
nombres que no había pronunciado jamás. Vio a Orfeo descender al Hades y volver
con las manos vacías. Vio a Aquiles morir sabiendo que su gloria sería un eco
sin dueño. Vio a Medea matar por amor, y luego por despecho. Vio a los dioses
reírse desde lo alto, no con crueldad, sino con indiferencia. La caja tembló.
Él también.
—¿Qué sentido tiene abrirla si ya llevamos dentro su contenido? —se preguntó.
Mas algo en su interior —un
temblor, un vértigo, una necesidad— lo empujó a girar la tapa, no del todo,
apenas lo justo. No hubo estruendo. No surgieron calamidades aladas. Solo un
soplo: leve, cálido, dolorosamente humano. Una chispa. No de luz, sino de
presencia. Era, lo supo, la esperanza. Pero no como virtud. No como redención.
Sino como un castigo lento.
—¿Es esto lo que quedó? —dijo en
voz baja—. ¿Una promesa sin forma, una lámpara que no alumbra, una voz que no
dice nada?
Y entonces entendió. La esperanza
era la más cruel de las plagas, porque no mata: mantiene vivo. Porque no
consuela: obliga a seguir. Porque no guía: engaña.
Volvió a su hogar con la urna en el
pecho, invisible pero más pesada que todo lo que pudiera cargar. Desde
entonces, Axel vivió como viven los que han comprendido demasiado: en silencio,
sin dioses, sin salvaciones, con la lucidez como único refugio.
—Sísifo empuja la piedra —pensaba—,
pero yo empujo la esperanza. Ella no cae. No descansa. Me observa. Me exige.
Con los años, fue olvidando los
nombres y los rostros. Pero no olvidó la pregunta: ¿Y si la caja nunca fue
cerrada? ¿Y si seguimos viviendo porque no sabemos morir del todo?
Cuando llegó su hora, nadie lloró.
Nadie supo. Solo la urna —aún sin abrir del todo, aún palpitante en su pecho—
exhaló un último suspiro. No fue sonido, sino sentido. No fue mensaje, sino
herida.
Y la tierra lo cubrió. Pero no del
todo.
Porque cada uno de nosotros —sin
saberlo, sin quererlo— sigue abriendo aquella caja.
Y dentro, cada vez, volvemos a
encontrar la chispa.
No para salvarnos.
Sino para recordar que seguimos
buscando… sin saber qué.
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