El Fénix que llevaba mi nombre
El Fénix que llevaba mi nombre
Álexi nació bajo un cielo gris, en
un pueblo donde el viento parecía arrastrar los sueños lejos antes de que
alguien pudiera alcanzarlos.
Desde pequeño, sintió que algo
dentro de él no encajaba con el mundo. Mientras los demás hablaban de lo que
"debía ser", él pensaba en lo que podría ser. Su corazón no
entendía de caminos rectos ni de fórmulas seguras. Se sentía como una chispa
que no encontraba la madera donde arder.
—Tienes la cabeza en las nubes —le
decían.
—No. La tengo en las estrellas
—respondía, sin que nadie lo entendiera.
Durante años, Álexi fue invisible.
No por falta de talento, sino porque sus ideas eran demasiado grandes para un
mundo que aplaude lo familiar y teme lo diferente. Cada vez que intentaba
compartir sus pensamientos, sentía las miradas ajenas clavarse como cuchillas.
Era el patito feo, el raro, el soñador que nadie tomaba en serio.
Y aun así, cada noche, hablaba con
el fuego.
No uno real, sino uno interior,
antiguo y silencioso. Un fuego que le susurraba que no debía rendirse. Que su
camino era otro. Que aunque aún no supiera quién era, había sido creado para
algo más.
Pero hubo un momento en que el
dolor fue más fuerte que el fuego.
Una traición, un abandono, una
pérdida —la vida le arrebató todo en lo que creía, y Álexi cayó. Vagó por
ciudades donde nadie conocía su nombre, trabajó en oficios que no hablaban su
idioma interior, y durante un tiempo, olvidó que alguna vez había soñado.
Fue entonces, en la nada, donde lo
encontró.
Una noche, al borde de un desierto,
un anciano le ofreció compartir el té bajo las estrellas. Hablaron poco. Pero
al final, el viejo le dijo:
—Hay quienes nacen para seguir
caminos. Y hay quienes nacen para crearlos. A esos, el mundo primero los
rechaza… pero al final, los llama por su verdadero nombre.
—¿Y cuál es ese nombre? —preguntó
Álexi.
El anciano lo miró a los ojos y
dijo:
—Fénix.
Esa noche, Álexi comprendió: no era
él quien estaba roto, era el mundo el que aún no estaba listo para la forma en
que él quería brillar. La oscuridad que había vivido no era castigo, sino
fuego. El fuego que necesitaba para quemar lo que no era, y nacer de nuevo como
quien siempre fue.
Con una nueva mirada, volvió al
lugar donde una vez fue invisible. Pero ya no era el mismo.
Creó cosas que antes solo vivían en
su mente. Escribió, construyó, enseñó, sanó. No para que lo vieran, sino porque
ya no podía seguir ocultando su luz. Y poco a poco, como las aves que reconocen
el canto de su especie, otros soñadores comenzaron a acercarse.
—¿Cómo lo lograste? —le
preguntaban.
Álexi, con la serenidad de quien ha
conocido tanto la ceniza como el cielo, respondía:
—No luché contra el mundo. Luché
por no apagarme. Y cuando dejé de huir de mí mismo… volé.
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