¿Quién decide qué es bueno y qué es malo?
Desde pequeños aprendemos que existen acciones buenas y malas. Se nos enseña que debemos ser generosos, humildes y obedientes, y que determinadas actitudes deben ser rechazadas. Con el tiempo, estas ideas pueden parecernos tan evidentes que dejamos de preguntarnos de dónde proceden. Pero ¿qué ocurriría si aquello que consideramos bueno no hubiera sido siempre bueno? ¿Y si nuestros valores, en lugar de ser verdades universales, fueran el resultado de una determinada historia? Esta es una de las cuestiones fundamentales que Friedrich Nietzsche plantea en Así habló Zaratustra y, especialmente, en La genealogía de la moral.
En mi opinión, uno de los aspectos más interesantes de la filosofía de Nietzsche es precisamente su negativa a aceptar la moral como algo evidente. Nietzsche no se limita a preguntar qué está bien y qué está mal. Su pregunta es mucho más incómoda: ¿quién decidió que ciertas conductas eran buenas y otras malas? Para responder, intenta investigar el origen de nuestros valores y descubrir qué clase de seres humanos los crearon.En La genealogía de la moral, Nietzsche distingue entre dos maneras de entender lo bueno y lo malo. La primera corresponde a lo que denomina moral de señores. En ella, los individuos fuertes y nobles se consideran a sí mismos buenos. Lo bueno está relacionado con la fuerza, el orgullo, la independencia y la capacidad de actuar. Lo malo, por el contrario, representa aquello que consideran débil, vulgar o común. Lo importante es que esta moral comienza con una afirmación. El individuo dice primero: “yo soy bueno”, y solo después define aquello que es diferente de él.
Frente a esta forma de valorar aparece la moral de esclavos. Nietzsche sostiene que esta moral surge del resentimiento de quienes se sienten débiles frente a los poderosos. Al no poder expresar directamente su fuerza, transforman su situación en una superioridad moral. De este modo, aquello que antes era considerado fuerte y noble comienza a ser visto como malvado, mientras que la humildad, la obediencia, la compasión y la renuncia pasan a considerarse virtudes. El razonamiento cambia por completo: primero se señala al otro y se afirma “tú eres malvado” y, a partir de esa condena, se concluye “por tanto, yo soy bueno”.
¿No resulta inquietante pensar que una parte de nuestras convicciones morales pueda tener un origen semejante? Nietzsche nos obliga a considerar que detrás de las palabras “bueno” y “malo” puede existir una lucha entre diferentes maneras de entender la vida. Para él, la moral no aparece de la nada ni cae del cielo convertida en una verdad eterna. Los valores son creados por seres humanos y están relacionados con determinadas circunstancias históricas, necesidades e intereses.
Sin embargo, sería un error interpretar a Nietzsche diciendo simplemente que los fuertes son buenos y los débiles son malos. Su pensamiento es más complejo. Su objetivo principal consiste en cuestionar el origen de los valores y preguntarse qué consecuencias tienen para nuestra existencia. ¿Una moral nos permite desarrollar nuestras capacidades o nos obliga a sentirnos culpables por ellas? ¿Nos ayuda a vivir o nos enseña a rechazar nuestros propios deseos? Estas preguntas explican buena parte de su crítica a la moral tradicional.
En Así habló Zaratustra, esta crítica adquiere un carácter más poético. Zaratustra anuncia la necesidad de superar los antiguos valores y presenta al ser humano como alguien que debe ser capaz de superarse a sí mismo. En este contexto aparece la figura del superhombre. Este concepto no debería entenderse simplemente como un individuo físicamente superior o como una persona que domina a los demás. Representa al ser humano capaz de crear valores y de construir su propia existencia sin limitarse a obedecer las normas heredadas.
Aquí encontramos, a mi juicio, una de las ideas más provocadoras de Nietzsche. Si nuestros valores han sido creados por seres humanos, ¿por qué deberían permanecer para siempre? ¿Tenemos que aceptar una norma únicamente porque generaciones anteriores la consideraron correcta? Nietzsche parece responder que no. Los valores también deben ser examinados, criticados y, cuando sea necesario, transformados.
Esta cuestión está relacionada con otro de sus grandes temas: la muerte de Dios. Cuando Nietzsche anuncia la muerte de Dios, no se refiere simplemente a la desaparición de una creencia religiosa. Está describiendo una crisis mucho más amplia. Si durante siglos Dios había servido como fundamento último de la verdad y de la moral, ¿qué sucede cuando ese fundamento deja de resultar convincente? ¿Quién puede decir entonces qué debemos hacer y cómo debemos vivir?
El peligro es el nihilismo, es decir, llegar a pensar que nada tiene verdadero valor o sentido. Sin embargo, Nietzsche no pretende que permanezcamos en esa situación. Su filosofía plantea la necesidad de crear nuevos valores capaces de afirmar la vida. Por esta razón, destruir los antiguos valores no es suficiente. Después de la crítica debe aparecer la creación.
Considero que esta es una de las razones por las que Nietzsche continúa siendo un filósofo actual. Incluso aunque no estemos de acuerdo con todas sus afirmaciones, sus preguntas siguen siendo difíciles de ignorar. Muchas veces juzgamos a los demás utilizando conceptos que nunca hemos examinado. Decimos que una persona es buena, egoísta, correcta o inmoral, pero ¿nos preguntamos realmente de dónde proceden los criterios que utilizamos?
Nietzsche nos invita precisamente a realizar ese ejercicio. Antes de aceptar una moral como verdadera, deberíamos preguntarnos quién creó sus valores, en qué circunstancias surgieron y qué tipo de vida favorecen. Quizá la pregunta más importante no sea simplemente “¿qué es bueno y qué es malo?”, sino “¿por qué llamamos bueno a lo bueno y malo a lo malo?”.
En definitiva, tanto Así habló Zaratustra como La genealogía de la moral cuestionan la idea de que nuestros valores sean eternos e indiscutibles. Nietzsche convierte la moral en un problema que debe ser investigado. Y tal vez ahí se encuentre la parte más valiosa de su propuesta: obligarnos a desconfiar de aquello que parece demasiado evidente. Porque si nunca nos preguntamos de dónde proceden nuestros valores, ¿podemos afirmar realmente que son nuestros?

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